ENOGASTRONOMÍA
La comida romañesa tiene un espíritu decididamente exuberante.
En Romaña más que en cualquier otro sitio, comer es el placer de compartir la mesa. Y a lo mejor bailar el “liscio” (danza típica del folclore local) después de la comida.
En la mesa abundan los sabores con cuerpo, empezando por los primeros: los “Cappelletti” (pasta rellena de quesos tiernos y Parmesano, huevo y nuez moscada) hechos a mano, uno a uno, por las “azdòre”, las clásicas amas de casa de carácter decidido y brazos fuertes que con el “matterello” (el rodillo) trasforman huevo y harina en finas capas doradas.
Hoy las podemos encontrar en los quioscos de las calles preparando la “piadina” (pan sin levadura de origen romano) rellena de jamón serrano, salchicha, espinacas o acelgas hervidas y condimentadas y quesos tiernos.
Los primeros son los más importantes, pero los segundos tampoco desmerecen: las carnes de cerdo, cocidas a la parrilla sobre brasas de leña, a menudo acompañadas del “pinzimonio” (mezcla de verduras crudas y frescas mojadas en sal y aceite como el aceite de oliva virgen extra de Brisighella DOP).
Y antes del café, galletas secas de almendras, pastelitos rellenos de mermeladas varias y roscos que mojar en vinos amables como la Albana (blanco) o la Cagnina (tinto).













